A menudo hablamos idiomas diferentes, incluso cuando decimos las mismas palabras, y esto no es una metáfora poética, sino la cruda realidad de la neurobiología y la programación social.
Una mujer, al compartir un problema, a menudo no busca una solución, sino comprensión y conexión emocional, mientras que un hombre escucha en sus quejas una clara petición de un plan de acción concreto y lo elabora inmediatamente, según el corresponsal de .
Ambos son sinceros en sus impulsos, pero el resultado es una irritación mutua cuando ella siente que no la escuchan y él siente que su ayuda no es apreciada. La psicología masculina en las relaciones se agudiza para obtener resultados y eficacia, porque su papel histórico es el de protector y presa que debe analizar y eliminar rápidamente las amenazas.
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Para él, el silencio no es un castigo, sino una forma de procesamiento interno de datos, un repliegue necesario para encontrar la solución adecuada. La mujer, en cambio, interpreta este distanciamiento como una señal de alarma, un signo de enfriamiento o pérdida de interés, porque para ella la comunicación se mantiene a través del intercambio verbal y emocional.
Estas diferencias no están incorporadas en nosotros para la guerra, sino para el equilibrio, si, por supuesto, dejamos de suponer que nuestro sistema de percepción es el único correcto. Las mujeres deberían aceptar que el silencio masculino es a menudo una forma de concentración y no de rechazo, y los hombres deberían aceptar que los «desplantes» de las mujeres no son críticas irracionales, sino una forma de sentir cercanía y apoyo.
La psicología de las relaciones no consiste en hacer que la otra persona piense como tú, sino en aprender a traducir de su lenguaje interno al tuyo. Las peleas más acaloradas no nacen de desacuerdos, sino de expectativas tácitas que ingenuamente creemos obvias.
Ella espera flores y palabras de ánimo «porque sí», mientras que él está seguro de haber demostrado su amor pagando la hipoteca y arreglando el grifo. Él espera que se reconozcan sus decisiones y se respete su autonomía, mientras que ella ve su autonomía como peligrosamente alienante.
La brecha entre estos guiones internos es lo que se convierte en la principal fuente de resentimiento. Es ingenuo pensar que el «amor verdadero» es cuando tu pareja lee tus pensamientos sin decir una palabra; de hecho, este enfoque sólo conduce a la desesperación silenciosa y a la agresión pasiva.Una relación madura empieza con el valor de ser vulnerable: expresar tus expectativas, aunque parezcan tontas, y preguntar las de otra persona, aunque creas que ya lo sabes todo. No se trata de rehacer a tu pareja, sino de descifrar su código interno.
El arte de equilibrar intimidad y espacio personal es como respirar: inhalar es el impulso de fusionarse, exhalar es la sana necesidad de autonomía. Intentar respirar sólo al inhalar es una forma segura de asfixiarse.
El amor no es una fusión total en la que se pierde el propio yo, sino una danza armoniosa de dos individuos autosuficientes que saben estar juntos sin dejar de ser ellos mismos. Comprender los pensamientos de tu pareja es necesario no para controlarlos, sino para dar un paso hacia él o ella a tiempo o, por el contrario, para dejarle el margen de maniobra necesario.
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