El amor es como un mapa geográfico dibujado con tinta invisible: al principio sólo vemos contornos brillantes y nombres románticos, mientras que el paisaje real, con sus barrancos y diferencias de altura, se revela mucho más tarde.
El verdadero viaje comienza no desde el primer encuentro, sino desde el momento en que desaparecen las «mariposas en el estómago» provocadas por la liberación de hormonas como la dopamina y la adrenalina, informa el corresponsal de .
La gente suele confundir esta tormenta de sangre con el destino final, sin darse cuenta de que la euforia es sólo un billete de tren y no el viaje en sí.
Pixabay
Los neurobiólogos confirman que, al principio de una relación, nuestro cerebro simplemente desactiva el juicio negativo, del que es responsable el córtex prefrontal. Estamos literalmente ciegos ante los defectos de nuestra pareja, lo que desde un punto de vista evolutivo parece muy práctico: de lo contrario, la humanidad se habría extinguido hace mucho tiempo, antes de tener tiempo de formar una relación.
Pero la naturaleza no puede mantener eternamente estos fuegos artificiales hormonales, e inevitablemente se quedan en nada, dando paso a la oxitocina y la vasopresina tranquilizadoras, responsables del apego. Aquí comienza la etapa que los psicólogos llaman crisis, que suele llegar tras cinco o siete años de vida en común.
De repente te das cuenta de que los simpáticos ronquidos que antes admirabas ahora no te dejan dormir, y la costumbre de tirar los calcetines te parece una señal de profunda falta de respeto. Te parece que tu pareja ha cambiado, pero en realidad es sólo tu percepción la que ha cambiado: el velo ha caído y por fin ves a una persona viva, no a tu propio proyecto ideal.
Es como despertarse después de un dulce sueño, en el que la realidad al principio parece demasiado abrupta e incómoda. Durante este periodo, las ilusiones se desmoronan y la imagen del compañero de vida ideal diverge dolorosamente de la persona real sentada al otro lado de la mesa en el desayuno.
Muchas parejas, por desgracia, perciben esta etapa como el final de la historia, sin darse cuenta de que es la única oportunidad de volver a empezar la relación, pero de forma consciente. La crisis no es el final del amor, sino su prueba de madurez más importante, una prueba de la fuerza no de los instintos, sino de las personalidades.
Superarla significa no sólo preservar la unión, sino transformarla, trasladándola de la categoría de «amor romántico», donde sólo hay pasión e intimidad, a la de «amor pleno» o «amor de amistad», donde hay un tercer componente clave: el compromiso voluntario. Dejan de ser sólo amantes y se convierten en aliados que conocen las debilidades del otro y están dispuestos a cubrirlas.
Si conseguís poneros de acuerdo no sobre quién tiene la culpa, sino sobre cómo seguir adelante con esas diferencias, las relaciones adquieren una profundidad increíble. Dejan de ser una leyenda de dos seres perfectos para convertirse en una crónica documental de dos personas reales que eligieron estar juntas pasara lo que pasara. Es tras una crisis cuando puede surgir un amor maduro, de aceptación más que de paciencia, y de respeto más que de adoración ciega.
Lea también
- Por qué son necesarios los mapas del amor: cómo hablar un lenguaje claro para el corazón de tu pareja
- Por qué discutir es la forma más elevada de intimidad: cómo el conflicto se convierte en un puente, no en un muro.

