Hemos crecido con cuentos de hadas en los que el príncipe y la princesa después de casarse viven felices para siempre y nunca se pelean, porque el amor verdadero es paz y tranquilidad.
La realidad, como suele ocurrir, hace sus correcciones: los psicólogos llaman al conflicto no un defecto de la comunicación, sino su parte natural, inevitable, sin la cual es imposible construir nada auténtico, informa el corresponsal de .
Cuando dos personas diferentes con distinta educación, hábitos y visión del mundo intentan construir un espacio común, la fricción es inevitable, como es inevitable la fricción entre los engranajes de cualquier mecanismo en funcionamiento. El miedo a las peleas nos hace a menudo silenciar las ofensas, tragarnos los agravios y sonreír entre dientes, pero esta estrategia conduce directamente al abismo de la ruptura emocional.
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La evidencia científica lo confirma: las parejas que evitan el conflicto, se arriesgan más que las que descubren la relación, porque las emociones no expresadas no van a ninguna parte – se conservan y se convierten en un muro sordo de alienación . El conflicto, si no se convierte en insultos y humillaciones, no es más que un intento de ser escuchado, el último puente que se tienden los unos a los otros cuando las palabras «estoy dolido» ya no funcionan.
Los investigadores identifican tres zonas principales donde estallan las batallas familiares más acaloradas: la incoherencia con el ideal, las luchas de poder y la intolerancia de los hábitos del otro. La primera zona es la más insidiosa: nos casamos con una persona real, pero seguimos exigiendo que se ajuste a la imagen que pintamos en nuestra cabeza cuando estábamos enamorados.
Cuando resulta que él no es un príncipe y ella no es un hada, empieza lo más difícil: el encuentro con la realidad, que muchas personas prefieren sustituir por interminables intentos de rehacer a su pareja. La segunda zona es la lucha de poder, que en una relación sana debería acabar en empate, porque el matrimonio no es un esfuerzo bélico, sino un proyecto de pareja.
Intentar subyugar al otro, hacerle ver el mundo sólo a través de tus ojos es el camino hacia el egoísmo espiritual, donde el amor se ahoga sin el oxígeno de la igualdad . Y la tercera zona -las guerras eternas por unos calcetines desparramados o un tubo exprimido- es en realidad una guerra por el derecho a seguir siendo nosotros mismos en las pequeñas cosas, por la preservación de nuestra autonomía en el espacio total del «nosotros».
Los psicólogos ofrecen sencillas reglas del juego que convierten una disputa destructiva en un diálogo constructivo: no ir al conflicto, si se puede evitar con una palabra amable o un abrazo; no arrastrar un rencor para mañana; antes de reclamar, resolver honestamente con uno mismo qué es exactamente lo que duele.
Y lo principal es aprender a reconciliarse, porque ni siquiera las técnicas más magistrales de resolución de conflictos te salvarán de una pelea, pero la capacidad de tender la mano a tiempo y decir «los dos estábamos equivocados» salva matrimonios más a menudo que cualquier entrenamiento psicológico.
Y ahora nuestra mejor estrategia no es averiguar quién empezó primero, sino recordar que en cinco minutos ambos nos sentiríamos mejor si yo apoyara mi cabeza en su hombro. Porque la verdadera intimidad no es la ausencia de discusiones, sino la capacidad de encontrarnos en la oscuridad, incluso después de la peor tormenta.
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