Por qué no adelgazamos con las dietas: trucos psicológicos para una vida sana

El lunes te pones a dieta con toda la determinación del mundo, pero el jueves te pones a comer pizza y te culpas por tu falta de fuerza de voluntad.

El problema no está en la falta de fuerza de voluntad, sino en el hecho de que las restricciones severas son percibidas por el cerebro como una amenaza de hambre, y éste activa el modo ahorro, ralentizando el metabolismo y demandando alimentos calóricos, informa el corresponsal de .

Un preparador físico dijo una vez algo brillante: hacer dieta sólo funciona cuando no se piensa en ello. En lugar de prohibirte los dulces, permítete un trocito de chocolate negro todos los días después de comer y tu cerebro dejará de entrar en pánico y las ganas de comer pasteles desaparecerán por sí solas.

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Comes deprisa, delante del ordenador o de la tele, y no notas cómo te tragas una ración doble. Prueba a tomarte al menos veinte minutos para comer, masticar bien y apartar el tenedor después de cada bocado, y te sorprenderá lo rápido que te saciarás.

En un experimento, las personas que comían delante de un espejo comían un tercio menos porque se veían a sí mismas desde fuera y tomaban conciencia del proceso. A nuestro cerebro le encantan las señales visuales, y si comes en un plato pequeño, la ración te parecerá enorme, pero en un plato grande la misma comida parece patética.

El hambre puede ser real y emocional, y a menudo confundimos las dos cosas, cogiendo una galleta cuando en realidad sólo tenemos sed o estamos cansados. Bebe un vaso de agua y espera quince minutos. Si el hambre no ha desaparecido, es que tu cuerpo necesita comida, no dopamina.

Muchas personas tienen antojos vespertinos porque estamos desnutridos durante el día y por la noche el cuerpo demanda lo suyo. Reparte las calorías uniformemente, no te saltes el desayuno ni la comida, y no querrás vaciar la nevera por la noche porque no pasarás hambre.

Ir al gimnasio después del trabajo te parece una hazaña, y encuentras mil excusas para no ir. Vincula la actividad física al placer: escucha tu podcast favorito sólo mientras haces footing, o mira una serie de televisión mientras pedaleas en la bicicleta estática.

Dormir afecta al peso más que hacer dieta porque la privación de sueño aumenta los niveles de grelina, la hormona del hambre, y disminuye los de leptina, la hormona de la saciedad. Dormir entre siete y ocho horas en una habitación oscura y fresca puede hacer maravillas por tu cintura sin ningún esfuerzo.

Pesarse todos los días es una forma segura de frustrarse y rendirse porque el peso salta por el agua, la sal y el ciclo. Súbete a la báscula una vez a la semana a la misma hora o, mejor aún, ponte como objetivo tus vaqueros y volúmenes favoritos.

Un entorno que te apoye significa más que cualquier dieta, sobre todo si tus seres queridos están comiendo bocadillos mientras tú masticas apio. Ponte de acuerdo con un amigo o compañero para comer sano juntos, así os motivaréis mutuamente y no os sentiréis como una oveja blanca.

Por último, perdónate por tus colapsos y no intentes recuperarte con una huelga de hambre al día siguiente. Un trozo de tarta no engorda, igual que una ensalada no adelgaza, simplemente vuelve a tu régimen normal y sigue adelante sin sentirte culpable.

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