Tu mascota, que hace un minuto ronroneaba en tu regazo, se convierte de repente en un dragón que sisea con el lomo arqueado cuando aparece un extraño.
Muchos dueños se sonrojan y ponen excusas: «Sólo está nerviosa», informa un corresponsal de .
Pero lo que el gato demuestra en realidad no es un comportamiento histérico, sino el estricto cumplimiento de un protocolo de seguridad perfeccionado durante millones de años de evolución. Para un gato, un invitado no es sólo una persona nueva, sino una invasión del territorio sin aprobación previa.
No sabe quién es, de dónde viene ni con qué intenciones. Su olfato capta cientos de olores extraños imposibles de verificar e identificar.
En la naturaleza, un objeto no identificado siempre es potencialmente peligroso, y la mejor estrategia es mantener las distancias y demostrar amenaza. Curiosamente, el siseo no es una agresión, sino una imitación del sonido de una serpiente, uno de los mecanismos de miedo más antiguos del reino animal.
El gato no quiere atacar, quiere que el peligro desaparezca por sí solo. El lomo arqueado y el pelaje esponjado son un intento de aumentar visualmente de tamaño para parecer más formidable. Es una táctica puramente defensiva, no un ataque.
A menudo, los propietarios cometen un error fatal: en un intento de calmar al gato, lo cogen y se lo llevan al huésped para que «se familiarice». Para el animal, esto es lo mismo que llevarle, encadenado, a la jaula de un león.
En este punto, el gato no puede escapar, está atrapado, y su reacción es o bien un aturdimiento o bien un intento desesperado de liberarse arañando al «traidor»: el amo. Los zoopsicólogos aconsejan otra táctica: ignorar al gato.
Deje que el invitado se siente, no le mire directamente (una mirada directa en el mundo gatuno es un desafío) y háblele tranquilamente. El gato debería acercarse e investigar al extraño por su cuenta, a su propio ritmo, cuando se dé cuenta de que no hay ninguna amenaza.
Una golosina que el invitado pueda colocar discretamente cerca acelerará el proceso, pero no hasta que el animal esté preparado. Forzar la socialización es lo peor que se puede hacer.
Perpetúa el miedo y forma un vínculo estable: huésped = peligro y estrés. Respetar el derecho del gato a refugiarse y distanciarse hará, por el contrario, que con el tiempo se sienta más confiado y quizá incluso amistoso.
Su mundo es pequeño y frágil y sólo tú decides a quién dejas entrar, pero ella siempre tiene la última palabra.
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