Cómo dejar de comer dulces: un enfoque científico de la adicción a la comida

Es una sensación familiar: después de un día duro, la mano echa mano de una chocolatina y, una vez comido un trozo, es imposible parar.

Solíamos considerarlo una debilidad de carácter y culparnos por la falta de fuerza de voluntad, informa el corresponsal de .

Pero la ciencia moderna de la nutrición ve este problema de otra manera: el ansia por la comida basura es un complejo conjunto de procesos fisiológicos y psicológicos, comparable a una adicción real. Los estudios demuestran que los alimentos ultraprocesados ricos en azúcar y grasas afectan a los mismos circuitos neuronales que la nicotina o el alcohol.

En el desarrollo de cualquier adicción intervienen tres sistemas cerebrales clave: el sistema de recompensa que libera dopamina, el sistema de estrés que genera tolerancia y el sistema de control que poco a poco se va dañando y deja de hacer frente a los impulsos .

El azúcar y la combinación de hidratos de carbono simples y grasas desencadenan una potente liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado al placer. El cerebro recuerda rápidamente la fuente del subidón rápido y lo demanda una y otra vez.

Con el tiempo, se desarrolla una tolerancia: cada vez se necesita más azúcar y grasa para obtener el mismo nivel de placer. Este es el mecanismo clásico de formación de adicciones, sólo que legal y disponible en cualquier tienda.

Además, funciona el mecanismo de oscilación de la insulina: cuando se come un alimento de alto índice glucémico, los niveles de glucosa se disparan y luego caen con la misma brusquedad por debajo del nivel original. El cuerpo percibe este descenso como una amenaza y da señales de mucha hambre, debilidad y un fuerte deseo de comer hidratos de carbono rápidos.

El círculo se cierra y es casi imposible salir de él con fuerza de voluntad. Tampoco se anulan las razones psicológicas: los dulces y la comida reconfortante se convierten en la forma más fácil de hacer frente al estrés, la ansiedad o la fatiga.

Los carbohidratos favorecen la producción de serotonina, y el cerebro interioriza rápidamente el vínculo: mal humor – come un dulce – siéntete mejor. Se forma un patrón de comportamiento estable que no hace más que reforzarse con el tiempo.

Las imágenes cerebrales lo confirman: las personas con adicción a la comida activan las mismas zonas que los drogadictos, y las pruebas cognitivas revelan deficiencias en el control de los impulsos. Los estudios también confirman los síntomas de abstinencia del azúcar: irritabilidad, ansiedad, malestar físico.

Los patrones de comportamiento cumplen plenamente los criterios de un trastorno por consumo de sustancias. Qué hacer. Normalizar los niveles de azúcar en sangre es el primer paso y el más importante para romper el círculo vicioso de los cambios bruscos de insulina.

Una comida dividida cada 3-4 horas, comidas equilibradas con proteínas, grasas y fibra, evitar por completo las calorías líquidas en forma de refrescos y zumos… todo esto iguala gradualmente la bioquímica y reduce los antojos compulsivos.

También es importante reajustar las papilas gustativas reduciendo gradualmente la cantidad de azúcar en la dieta. Al cabo de dos o tres semanas, los dulces habituales empezarán a parecerte azucarados, y las frutas y bayas se abrirán por un nuevo lado.

Y, por supuesto, tienes que trabajar con los desencadenantes psicológicos: aprende a afrontar el estrés no con comida, sino caminando, respirando o hablando con tus seres queridos. Es difícil, pero es la única manera de liberarse realmente de la adicción.

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