Por qué las uvas se agrietan en el momento más crucial: los errores de riego

El verano pasado, el autor fue testigo de un auténtico drama en el viñedo de un amigo: grandes racimos de uvas que ya habían empezado a madurar reventaban literalmente, convirtiendo la cosecha en alimento para avispas y pájaros.

El propietario sólo podía echarse las manos a la cabeza, porque había trabajado muy duro, regando los arbustos casi todos los días bajo el calor, informa el corresponsal de .

Resulta que el secreto de la integridad de las bayas no reside en la cantidad de humedad, sino en su uniformidad. Los viticultores con experiencia lo saben: si tras una larga sequía se inunda bruscamente el suelo, las bayas empiezan a absorber agua más rápido de lo que su piel tiene tiempo de estirarse, y revientan como globos demasiado llenos.

El agrónomo explica que las raíces de las uvas son profundas y capaces de extraer humedad por sí mismas, por lo que un riego superficial frecuente sólo es perjudicial. En veranos secos, el riego debe ser poco frecuente, pero de forma que empape el suelo a un metro de profundidad, creando una reserva de agua en las capas más profundas.

Entonces las bayas se verterán gradual y uniformemente, sin estrés para la piel. El amigo del autor, en cambio, regaba poco y a menudo, provocando el crecimiento de raíces superficiales, que sufrían el calor y hacían que el arbusto entrara en pánico.

Pero no es sólo el agua lo que causa el problema del agrietamiento. El equilibrio de potasio y nitrógeno en los abonos desempeña un papel muy importante.

Si las uvas se sobrealimentan con nitrógeno en la segunda mitad del verano, el crecimiento de los sarmientos continuará en detrimento de la maduración de la vid y la densidad de las bayas, lo que también provoca el agrietamiento al menor cambio de humedad. El agrónomo aconseja eliminar completamente el nitrógeno en agosto y centrarse en el abono potásico y las cenizas.

El potasio refuerza las paredes celulares, haciendo que la piel sea más elástica y resistente a la presión desde el interior. Otro truco que nos cuenta un viticultor experimentado es el anillado.

Si se retira ligeramente la corteza con un anillo en el sarmiento fructífero, se ralentiza la salida de nutrientes hacia las raíces y toda la energía va a parar a los racimos, lo que aumenta el contenido de azúcar y la densidad de las bayas. La operación es arriesgada para los principiantes, pero eficaz.

Al final, el autor se dio cuenta: a las uvas les gusta la estabilidad en todo, y cualquier movimiento brusco -ya sea el riego, la alimentación o el tiempo- se convierte en un problema. Lo principal es observar las hojas y el estado de la vid, y entonces la vendimia complacerá con integridad y sabor, y no será motivo de frustración.

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